Y ahora?
Me enamoré de mi nueva vida
y me volví indestructible, imparable,
a prueba de balas.
Ya no espero, fluyo.
Ya no pueden quebrarme las expectativas
no cumplidas.
Ya no tengo miedo ni al rechazo, ni al abandono,
ni al desamor, ni a la decepción.
Y ni siquiera tuve que ponerme armadura o escudo.
Bastó con reencontrarme, redescubrirme,
escucharme, verme, abrazarme,
amarme bonito y parejo y en coherencia.
Bastó drenar la mierda a través de lágrimas
y bronca y de pronto fui yo,
pero mejorada, liviana, feliz, enamorada,
de mí, de mi vida, de mi incertidumbre.
Qué bonito no saber nada, qué bonito
despertar cada día y diseñar hora a hora mi jornada.
Qué interesante es conocer personas nuevas y diferentes
y disfrutar minuto a minuto con quien sea
o sin nadie, qué bonito esto de improvisar
incluso la compañía.
Qué interesante experimentar la variedad
la generosidad y la abundancia
de la vida.
Qué lindo moverme en el laboratorio
de la vida sin prisas ni certezas.
Amo todo esto nuevo.
50 años y soy como una niña descubriendo el mundo.
Qué lindo que los años me regalen esto,
justo ahora, la libertad, el merecimiento,
el hacer o no, sin culpas y según las ganas,
según lo que surja, lo que se dé.
Qué maravilla esto del amor propio
y la autoestima,
del autoconocimiento y el
autorrespeto.
Estoy sumergida en mis nuevos pasatiempos,
en mis nuevas pasiones.
El elefante blanco se fue y
la vida y el universo se colaron por la
puerta que obstruía.
Ya ni sé qué fue de el elefante blanco.
Se corrió y yo comencé a caminar en sentido opuesto,
cada día me alejaba más y más,
el almanaque marcaba la distancia
y hoy no sé ya más nada del paquidermo y menos me importa.
Y es que cuánto menos sé de él,
más sé de mí, y
me convertí en mi ocupación
y devoción número uno.
Y qué lindo se siente ser el centro
de mi universo.
Y qué lindas se sienten la introspección
y la espontaneidad.
Me detengo para disfrutarme en slow motion
y sigo luego a mi ritmo.
Sí, a MI ritmo.
MI mundo,
MI vida,
MI relación más importante.
CONMIGO MISMA.